sábado 14 de mayo de 2011

Cinco segundos hacen la diferencia

Sí, sufro de vértigo. Y por una muy simple razón. ¿Se imaginan cayendo de un edificio alto, de un puente, y ver cómo se acerca el suelo a uno? Entre más alto, peor. No me puedo imaginar lo que sería pasar los últimos 5 segundos de mi vida literalmente muerto del miedo porque no quiero morir, y trato de ver qué hago para no morir sin ningún resultado porque en el fondo sé que voy a morir. Es tan sencillo como eso. Además, no entiendo, simplemente no entiendo cómo la gente puede estar tan tranquila andando cerca del borde de un puente. En cualquier momento, pasa alguien corriendo al lado de uno, uno no lo ve, choca, y cae. O se marea, y cae. O cualquier cosa, y se cae. O sea, están literalmente al borde de una muerte horrible. Claro, ya sé, uno, al tratar de cruzar una calle, está al borde de la muerte porque un carro le pega y ya. Pero al menos la muerte es casi instantánea. En cambio, los 5 horribles segundos mientras uno cae... No, gracias. ¿Y esos edificios con ventanales gigantes? ¡Peor! Uno, confiado en que el ventanal es "resistente", se apoya un poco, y con que algún idiota haya olvidado poner un clavo o un tornillo más, cae al vacío. O tiembla un poco y se quiebran los ventanales, y listo.
Gracias a este miedo irracional (sé que es irracional) tengo un increíble número de pesadillas sobre las alturas. El más reciente fue anoche. Soñé que estaba viviendo sobre algo así como el letrero de Hollywood, pero mucho más alto. Y naturalmente, no había forma de bajar, pero aún así, vivía ahí. Tenía mi cama al borde, y desde ahí, tenía una hermosa vista del Estadio Nacional (si, yo sé... estoy loco...). Pero lo único que podía hacer en ese momento era tirarme al suelo, aferrarme con todas mis ganas, y ya. Ni siquiera podía pensar en cómo bajarme de ahí. Y me quedaba ahí, aferrado, toda mi vida. Y aún cuando recuerdo el sueño, siento ese hormigueo en las puntas de los dedos que me asegura que estoy muerto del pánico. Y lo sigo sintiendo. Por eso tengo vértigo. Por eso odio los lugares altos. Por eso odio los puentes, y ver gente construyendo edificios altos, o personas viviendo en un edifico de 51 pisos, tomando un café en el balcón, o limpiando ventanas, colgando de una plataforma diminuta...Y todo por esos cinco estúpidos segundos.

Fotografía de Charles C. Ebbets en 1932 de los constructores del actual 30 Rockefeller Plaza (me están matando las puntas de mis dedos...).
Para quien tiene miedo, todo son ruidos.
Sófocles

martes 26 de abril de 2011

La diferencia entre clases y vacaciones...

Tengo ratos de no postear. Casi el año entero. No me he olvidado de mi blog. Sé que mi blog no se va a enojar conmigo, él me entiende. Y la razón por la cual vuelvo a postear es porque quiero apuntar algo para que yo pueda leerlo en el futuro.

Querido yo,

¿Has visto cómo, cuando estás en vacaciones, decís: "Oh, qué pereza... Ojalá pueda entrar ya a la U para no estar tan aburrido"? Bien, desde el fondo de mi alma te digo lo siguiente: "¡No seás BRUTO!" Claro, la U, qué chiva, ver a mis amigos y todo eso... Pero los exámenes... Los malditos exámenes... 30 horas estudiando mate para este miércoles, el lunes tengo examen, de este sábado en 8 tengo otro examen. Y mirá, seamos realistas. Entre un examen de cálculo N+1 y ver el canal del clima, creo que preferimos el canal del clima por una simple razón: ¡podemos cambiar el canal! Genial si pudiese cambiar mi examen de cálculo por un examen de, no sé, Java, C++, o algo así. Pero como no es así, simplemente quiero que recordés esto: si estás en vacaciones y estás aburrido, aún así estás mil veces mejor que como estoy yo ahorita. Así que salí aunque sea a darle una vuelta a la cuadra, pedazo de animal...

Atentamente,
vos

En una nota aparte... No sé por qué últimamente ando pensando mucho en aquella carta que le escribí al mes de diciembre hace unos años (creo que fueron años, no sé...). Así que, para no dejar mi blog tan abandonado, trataré de mínimo escribir una carta por cada mes. Según entiendo, la carta a diciembre gustó bastante.

Bien, hora de seguir estudiando. Yay me... Por dicha la informática paga bien, porque si no...

El aburrimiento es la enfermedad de las personas afortunadas; los desgraciados no se aburren, tienen demasiado que hacer.
A. Dufresnes

martes 10 de agosto de 2010

Oportunidades

Siempre me ha llamado la atención la nanotecnología. Admito que muchas veces me he encontrado pensando en mi vida en el exterior, estudiando en alguna famosa universidad en otro país, mi PhD en nanociencia... Hoy, mientras hacía una tarea de la universidad, me puse a investigar, y me volví a encontrar con el tema de la nanotecnología. Y por diversión, me puse a investigar un poco más sobre la nanotecnología. Visité la página de la Universidad de Cambridge, una de las mayores autoridades en el campo, y me puse a revisar por curiosidad cuánto costaría ir a estudiar un doctorado ahí. Entré a la sección de costos, leí como tres líneas, y eso bastó para ponerme a buscar la sección de becas y financiamiento. Y pude ver la nubecita de humo en la que se volvió a convertir la idea... nuevamente.
Ciertas oportunidades se le presentan a ciertas personas por mera suerte. Me gusta pensar (porque en realidad sí me gusta ver que a la gente le vaya bien) que hay gente de mi edad con los recursos necesarios para poder estudiar nanotecnología. Y que felizmente aplican a la carrera, son aceptados, se mudan al campus universitario, estudian, aprenden, se hacen expertos en lo que los fascina, salen al mundo como respetados doctores en nanociencia, y se ponen en la punta de la lanza tecnológica (investiguen sobre el Morph de Nokia...). Incluso, me imagino personas que no tienen los medios económicos para pagarse sus estudios, aplican para una beca total, y sin mucha esperanza, reciben al sorpresa de que ganaron una beca total por 3 años para sacar su maestría, agarran un avión, y son exitosos. Son felices. Tienen una familia, excelentes trabajos, salen en televisión anunciando un nuevo aparato que lo haga sentir a uno como en un sueño increíble...
Ocasionalmente, me pongo a pensar en mi situación. ¿Qué pasaría si yo me ganara la lotería? ¿En qué lo gastaría? Mi primer impulso siempre ha sido comprarme un televisor, un carro, mudarme, etc etc etc... Pero sé que la mejor inversión que uno puede hacer es una que le produzca mayores ingresos. ¿Y qué mejor inversión que la educación? Pft... Con un PhD en nanotecnología, uno le asegura la vida a sus tataranietos... Yo probablemente me iría a sacar ese doctorado y volvería a Costa Rica. Tal vez para ese entonces, Nokia esté en Costa Rica y pueda trabajar con ellos desarrollando el Morph 2.0, o con Intel, desarrollando computadoras del tamaño de una moneda.
También me imagino ganando alguna competencia internacional, y que se me acerque un reclutador de Cambridge ofreciéndome una beca total para ir a estudiar allá en Inglaterra... Será en otra vida, muy probablemente. Bueno, si es que para ese entonces me sigue gustando la informática. La próxima vida seré chef, y después, si es que me animo, regresaré a la informática. Para ese entonces, probablemente el boom será la picotecnología. Algo así como todos los servidores de google juntos almacenados en un dispositivo instalado en el cerebro de una persona, con una conexión al nervio óptico para navegar internet con el pensamiento... En fin, algo inventaré.
Pero como dije, ciertas oportunidades se le presentan a gente con suerte. Por dicha, yo soy una de esas. No me puedo quejar en lo más mínimo de cómo me está yendo. Claro, uno siempre va a tener sueños de cómo puede ser la vida, o cómo quiere que sea... Es algo natural en las personas. Si no fuese así, seguiríamos en la edad de piedra. Pero uno no puede desaprovechar las oportunidades que uno aspiró a tener alguna vez por estar pensando en aquellas oportunidades que no han llegado aún. Así que... ¿quién necesita la lotería? Claro, un televisor no me caería mal, o un carro nuevo, o incluso mudarme... Pero simplemente nada se compara con el sentimiento que me llena cuando pienso que alguna vez deseé la oportunidad de tener todo lo que tengo ahora.

domingo 27 de junio de 2010

A esas alturas del semestre...

Bueno, digamos que estamos llegando a ese punto en el semestre donde las cosas se complican. Estoy acá programando, me duele la espalda y la cabeza, tengo hambre y sueño, y temo que si como o tomo una siesta, no podré con el sueño y caeré rendido. Y tengo varias cosas que hacer antes de que salga el sol. Pero al menos logré sacar un par de minutos para dejar claro algo: no importa cuán cansado esté, ni qué tanto tenga que hacer, siempre hay tiempo para mi Pata. :3 Y lo único que me mantiene con ganas es pensar que ahorita, en vacaciones, pasaré tanto tiempo como pueda con ella. :D

Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
Miguel de Cervantes Saavedra



jueves 17 de junio de 2010

El Símbolo...

Parte de las cosas que han sucedido desde el noviembre pasado es el Concurso Símbolo. La primera competencia a nivel nacional de programación, donde casi que cualquiera puede participar.
Cuando me inscribí con mis compañeros de grupo (eran grupos de 3), lo primero que pensé fue: "Argh... Sé que no voy a lograr nada especial. Y si algo me estresa es que la gente me diga '¡Wow, felicidades!' cuando sé que no fue nada especial". Luego, a los segundos, pensé: "Esto sí que va a ser problemático. Tengo que entrenar, tengo que reunirme, tengo que despertarme temprano... ¡Qué pereza!". Y cuando dije que sí quería participar, me entró miedo. "¿Y si más bien termino humillado? ¿Y si más bien termino decepcionando a mi novia, a mi familia, a mis profes, a mis padres, a mi universidad...?". El que nada arriesga, nada gana, pero tampoco pierde. De una forma muy extraña y pesimista, tiene sentido, ¿no? Es decir, ¿quién no ha luchado por algo, falla, y luego se siente como una mosca en una pared blanca, incapaz de pasar totalmente desapercibido y sintiendo que en cualquier momento, alguien dirá "Vos sos el que no lo logró, ¿verdad?". A mí me ha pasado una enorme cantidad de veces. Así que no sé a partir de qué punto dejé de arriesgarme del todo. Dejé de competir en cualquier cosa por miedo a perder y quedar con una especie de estigma que me marcaría toda la vida. Sin embargo, el día en que me metí en el Concurso Símbolo, fue un día de sana locura, y decidí participar. Claro, el miedo no tardó en llegar. Por un momento, pensé "Meh... Tal vez nadie se lo tomará en serio. Al rato ni vamos a participar al final". Eso fue hasta que recibí una llamada. La llamada. Todos los que íbamos a participar en nombre de la escuela de computación nos íbamos a reunir para discutir ciertas cosas. La reunión la estaban organizando varios profesores, y uno de ellos estaba en ese momento en España sacando un doctorado. Eso me metió muchísimo miedo. Alguien estaba tomando esto en serio. Muy en serio. ¿Y si los decepciono?
Llegué a un punto de estrés donde dije "Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? Intentemos disfrutar un poco de esto". Me puse a pensar en la competencia como un juego. Un juego al que me dedicaría cuando llegase el momento. Por mientras, me dediqué a otras cosas.
Nos reunimos una semana antes de la competencia. Hicimos unos ejercicios de prueba, simulando la competencia al 100%. ¿Y qué pasó? Nos fue pésimo. Eran 10 problemas. ¿Cuántos hicimos? A ver... Ninguno. Y el miedo volvió a entrar. "Sí, obviamente nos van a ganar por mucho. ¿Por qué rayos me metí en esta basura?" Y pasé una semana entera arrepintiéndome, con miedo de decepcionar a todo el mundo (mis padres ya estaban emocionados por la competencia y toda mi familia estaba enterada... De eso que hasta las abuelitas se ponen a rezar por uno... Oh, la presión...).
Llegó el primer día de la competencia. Era la eliminatoria. No sé cuántos equipos participaron a nivel nacional, pero sólo pasaban a la siguiente ronda 30 equipos. "Lo mejor que me puede pasar es pasar a la siguiente ronda. Con eso, estoy feliz". ¿Qué pasó? Quedamos de sétimos. ¿Y cuántos problemas resolvimos? A ver... Todos. Todos los resolvimos. Pero no estaban ni cerca en dificultad comparados con los que habíamos hecho una semana antes. Sin embargo... Pasamos a la siguiente ronda. Con eso, yo ya me sentía feliz.
Llegó el segundo día de competencia. Teníamos 3 horas para resolver como 7 u 8 problemas. Y los problemas eran más complicados. Y a pesar de haber logrado mi meta de pasar a la segunda ronda, me sentía peor que al comienzo. ¿Por qué? "Pasamos a la siguiente ronda... La gente ahora está más atenta a los 30 que pasamos...". Y la presión me comía. Pero cuando empezaba la competencia, me olvidaba de todo y comenzaba a programar. Ese día, quedamos de terceros. "Mmm... Bueno, terceros... Es toda una victoria personal... No me puedo quejar".
El siguiente día era más pesado. Los problemas eran más difíciles, y eran 8 horas de programación. La presión ya no era tanta. Digo... Hicimos lo que pudimos, y no quedamos tan mal. "Veamos a ver qué pasa ahora", me dije a mí mismo. Y así comenzó el segundo día. Terminamos de cuartos. ¡Cuartos! ¡En el segundo día! Y eso fue terrible... Eso casi me mata. ¿Por qué? Porque ahora existía la posibilidad de ganar. Habían premios para los primeros tres lugares. Pero el cuarto no recibe nada. "¿Y si no quedamos entre los primeros tres?". Y el último día era el más difícil de todos los días de competencia. Eran problemas del nivel de dificultad de aquel terrible sábado de la semana pasada, donde no hicimos ni medio problema.
Llegamos al último día de competencia. Yo moría del miedo. Me comía por dentro. Lo peor de todo era que ese día, los problemas no eran revisados por una máquina, como se hizo en todos los días anteriores. Ésta vez, iban a ser revisados por seres humanos, que calificarían eficiencia, cantidad de código, elegancia, etc., etc., etc. Y cuando comenzamos a programar, los problemas no eran difíciles. Eran imposibles. Hacían ver a los problemas con los que practicamos como chistes de mal gusto.
Eran 4 problemas para 4 horas. Me puse a hacer el primero. Mis compañeros se entretuvieron con otros dos. El mío consistía en encontrar un cierto número de formas para resolver un problema. Cada solución posible eran 2 puntos más. Encontré 3 soluciones. Y me tomó 1 hora encontrarlas. Uno de mis compañeros terminó su problema. El otro no iba ni por la cuarta parte del suyo. "Oscar, ud que ya terminó su problema, encárguese de este que estoy haciendo. Yo hago el último". Y así, me puse a hacer el último. Tenía como 1 hora y media para hacerlo. Jamás iba a terminarlo. Para peor de males, había que entregar una hoja por aparte con una explicación de cómo se resolvió el problema. No tenía tiempo. Me puse a programar. Empecé a teclear a una velocidad brutal para intentar ganarle al tiempo. Hice hasta donde pude. No pude ni probar el programa. No sabía qué hacía. No sabía qué acababa de programar. Se suponía que era una especie de "Battleship", pero... Simplemente era un montón de código, y no tenía la más mínima idea de qué hacía. Se terminó el tiempo, y entregué lo que tenía. ¿La parte escrita? ¿Qué rayos debía escribir? "Estimados jueces: Perdón." era lo mejor que se me ocurría. Así que no entregué nada. Oscar encontró una cuarta forma de resolver el problema para el que yo solo encontré tres formas de solucionarlo, y Adrián, mi otro compañero, logró terminar el suyo por la mínima.
Yo salí de la competencia totalmente desanimado. Mi problema era el que más valía, y no logré hacer nada. O mejor dicho, no sabía qué acababa de programar. Bien pude haber hecho un virus que le explotaba el monitor al usuario cuando ejecutaba el programa. Me fui del lugar de la competencia, y me quedé en ver con Carla en la universidad. Le comenté que sabía que no había logrado nada. Que jamás lograríamos quedar entre los primeros tres. Jamás. Que yo había arruinado todo y que acababa de decepcionar a todos. Tan mal estaba, que ni planeaba ir a la premiación. ¿Qué me dijo Carla? "Andá... ¿Qué podés perder?". Bien... lo hecho, hecho está. Y fui a la premiación.
Después del discurso usual, empezaron por decir los puntos obtenidos en el último día de competencia. "En el décimo lugar... En el noveno lugar... En el quinto lugar... En el cuarto lugar..." y nada que mencionaban a mi equipo. "Di, si... Fue mi culpa". Siguieron diciendo los lugares del último día. "En el tercer lugar... (Si... Jamás...) En el segundo lugar... (No debí haber venido. ¡Qué pérdida de tiempo...!). Y en el primer lugar del día de hoy, Adrián Campos, Oscar Vindas, José Ignacio Dobles. (¡¿QUÉ?!)". Oscar me agarró del brazo y me dijo algo que no recuerdo qué fue. Creo que fue como "¡¡Mae, Nacho, hoy quedamos de primeros!!". Yo estaba ocupado sacando cuentas. Trataba de recordar quienes habían quedado por encima nuestro en los otros días. Oscar y Adrián se pusieron de pie. En eso, puse atención a lo que acababa de entrar por mis oídos. "En el tercer lugar de la competencia, José Ignacio Dobles, Adrián Campos y Oscar Vindas".
El que no arriesga, no gana, pero tampoco pierde. Así pensaba antes. Ahora, simplemente trato de ser más... arriesgado, por decirlo así. El haber quedado de tercer lugar nacional causó más conmoción de la que esperaba. En la escuela de computación, pusieron posters con los nombres de todos los que participamos en nombre de la escuela, y los primeros tres lugares (todos éramos de la escuela de compu, obviamente... :D). Y entre esos nombres, ahí estaba el mío. Y cada vez que pasaba frente a mi nombre, no podía evitar sonreír. Además, me han llegado un montón de ofertas de trabajo. Claro, no aceptaré ninguna. Primero debo terminar de estudiar. Sin embargo, la universidad ahora quiere enviarnos a los primeros tres lugares de la competencia a la eliminatoria regional de programación en México, en noviembre de este año. ¿Qué dije cuando me preguntaron si quería ir? "¡Obviamente!" Ni lo dudé por un segundo. Digo... Claro, es a nivel mundial, y quién sabe qué clase de monstruos programadores participarán. Esta vez, tengo menos esperanzas que con el Concurso Símbolo, eso sí. Pero para empezar, no tenía esperanzas cuando comencé el Concurso Símbolo. Así que... Ya veremos qué pasa.
Ah, ¿y el programa de "Battleship"? Acá lo tengo tal y como lo programé el último día. De vez en cuando lo juego cuando estoy aburrido.

¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?
Vincent Van Gogh

lunes 14 de junio de 2010

Starry, starry night...

Bueno, han pasado demasiados meses desde la última vez que escribí algo. Y como es de esperar, han pasado demasiadas cosas desde esa última vez. Tantas que prefiero no entrar en detalles para evitar tener que escribir de aquí a pasado mañana.
Por cierto, hay que agradecer a Carla por el nuevo y mejorado blog que ven aquí. Quedó tan bonito, que era imposible no regresar a postear. Especialmente me gustan las estrellas del fondo. A decir verdad, siempre me han gustado las estrellas.
Recuerdo que cuando era más pequeño, en vacaciones iba con mi familia a la playa. Y ocasionalmente, para mi suerte, teníamos que viajar de noche en carro. Digo que era para mi suerte, porque adoraba viajar de noche (eso fue hasta que conseguí licencia de carro y me di cuenta de lo que sufría mi papá manejando de noche...). Usualmente el cielo estaba totalmente despejado y se veían tantas estrellas que era imposible no sonreír. En realidad, nunca me ha gustado ir a la playa. Le tengo un extraño odio a la arena. Sin embargo, cada vez que voy, aprovecho cada oportunidad que tengo para salir una noche y ver las estrellas.
Recuerdo especialmente una vez, no hace mucho, que fui a la playa con unos tíos y unos primos. Fuimos a la casa de uno de mis tíos, pero éramos tantos, que no cabíamos en la casa. Sin embargo, en la misma propiedad, pero subiendo una pequeña colina, había otra casa con camas y hamacas para dormir. Era una casita sencilla, pero tenía un segundo piso, y ese segundo piso era mi favorito. Aparte de que tenía una mini refrigeradora para meter comida y bebidas como para una semana, era más un ático con dos paredes, dejando una clara e impecable vista hacia el mar (el mar estaba a menos de 100 metros de la casa). En ese piso, había una hamaca puesta ligeramente inclinada para que no quedase incómodo el ver el océano. Claro, era una oscuridad absoluta, ya que el desarrollo en esa zona es, por dicha, muy tranquilo. Con esa oscuridad, era imposible ver el mar con claridad. Lo único que me aseguraba que la gran masa de agua seguía ahí era el reflejo de las estrellas en su superficie. Pocas veces he visto algo tan hermoso en mi vida. No se podía distinguir dónde terminaba el cielo y dónde comenzaba el mar y, con imaginación, se podía creer que el cielo se estaba extendiendo por debajo del horizonte. Y las estrellas... Las estrellas competían con la luna para ver quién brillaba más. Y creo que en ese momento habría dado lo que fuese por una fotografía. Un cielo que se expandía, un mar de estrellas, y dos lunas reflejándose una a la otra.
Esta entrada me acaba de recordar por qué me gustaba tanto escribir. Claro, cuando la vida se complica, es bueno poner lo que uno piensa en papel (o en html, en este caso...) para obtener una mejor perspectiva de las cosas. Pero para mí, no es tanto por los problemas. Es porque ocasionalmente, aún con problemas, se le puede contar a otras personas de momentos que para uno valen oro. Y al recordar esos momentos, uno revive las imágenes, los pensamientos y la calma que se sintió. Y a pesar de ser recuerdos, uno queda impregnado de esos sentimientos y puede seguir adelante con una sonrisa. Yo, por mi parte, me llevo conmigo mi mar de estrellas con sus dos lunas a dormir.
..It's good to be back...


No existe mejor viaje que el de regreso a casa.
R. Suárez

domingo 29 de noviembre de 2009

Vici...

Bueno, casi dos meses de no escribir nada. Y si alguien pregunta, esta entrada no existe, ya que debería estar estudiando, o mejor dicho, durmiendo.
Estaba pensando en la razón por la cual uno deja "botado" un blog. Por experiencia personal, yo hice este blog para "contarle a alguien" sobre mi día, cómo me ha estado yendo en la U, etc. Es como cuando uno le escribe a una amistad que está fuera del país sobre cómo van las cosas por acá (y sí, es una directa a Nico, a quien extrañamos mucho, y esperamos que vuelva para una ronda gigante de pancakes :D). Sin embargo, ¿qué pasa cuando uno tiene a alguien a quién contarle todo? El blog queda en un segundo plano, y ese alguien se vuelve nuestro blog, con la ventaja de que tiene más gadgets, y un 99% de las veces te hará un comentario (y un 98% de las veces, casi que inmediatamente después del post XD). Y con Carla (que, por dicha, todo está saliendo de maravilla :D), admito que mi blog ya no me es TAN necesario como en meses anteriores (para ser exactos, 6 meses y 9 días :P).
Y resulta que hoy me ocurrió algo que me llamó la atención, y que fue una interesante lección. Resulta que estamos en final de semestre por acá, y como es usual, todos estamos con mil trabajos y exámenes encima. Y hoy, como buen estudiante, me puse a hacer una tarea que creía que sería fácil de hacer. Así que, relajado, me levanté a las 11, y me puse a hacerla. Empecé tranquilo, y llegué a la parte donde hay que aplicarse para sacar el algoritmo. Y, de la nada, me pegué. No sabía qué hacer. Literalmente, veía el problema como un muro gigante frente a mí, pequeña pulga brincadora. Y pasé como 4 o 5 horas viendo al problema, sin tocar siquiera el teclado, viendo a ver cómo hacía para salir adelante. Me ofusqué, me enojé, me harté, deseaba salir a vacaciones, me entró miedo por si perdía la materia, etc etc etc, típico ataque de fin de semestre. Y le pedí ayuda a mi compañero de grupo para ver cómo hacía. Y él tampoco lograba entrarle (aunque muy probablemente estaba ocupado con su parte del trabajo, y otras materias, lo cual es completamente entendible), pero me dijo que empezara por hacer lo más sencillo. Así que suspiré, me di un baño (me he dado cuenta que pienso mejor cuando me estoy bañando... cuerpo limpio, mente sana :P), y me senté frente al teclado. Y empecé. "Bien, lo más fácil es esto... duh... Si, ok, listo. Ahora, lo siguiente más fácil es esto. Y luego esto. Y luego esto. Ok, ahora viene lo difícil. Mm... mhm... Ok, entonces ocupo esto... Ajá... Ok, listo. Ahora, lo siguiente más difícil es... Listo...". Y de la nada, el problema empezó a solucionarse. Lograba avanzar, lo probaba para ver si funcionaba, y si no funcionaba, lo revisaba cuidadosamente, lo arreglaba, y seguía adelante. Y así hasta que ahora a las 3 de la mañana, terminé el problema. Me tomó 9 horas hacerlo (sí, tengo 9 horas programando, sin contar las 5 en las que gasté como 15 hojas en ver por dónde empezar), y ahora, hago pruebas y pruebas y pruebas, y el algoritmo que armé es más inteligente que yo. No es broma, ahora estoy medio dormido, y hago pruebas en lápiz y papel, y lo compruebo con el algoritmo, y no me da igual, pero porque lo hice mal escrito, y la computadora me corrigió. Así de eficiente me salió la solución. Claro, es un algoritmo de 400 líneas, y me falta otro similar, pero al menos ya tengo un problema resuelto.
La moraleja es que (y me parece una tontera, porque es algo que uno ya sabe, pero que se le olvida, ya sea por la chicha o por el cansancio, o por cualquier otra cosa) un problema en realidad es un conjunto de problemas de menor grado. Así que lo que una pequeña pulga debe hacer es buscar una saliente del muro a la que pueda llegar, y de ahí, buscar otra, y otra, hasta saltar el muro completo.
Por ahora, creo que iré a descansar, ya que me debo despertar en 5 horas para ir de paseo con la familia de Carla. Sin embargo, quiero darme el lujo de poner una frase que ahorita, me parece adecuada.

Veni, vidi, vici
Julio César