martes, 10 de agosto de 2010

Oportunidades

Siempre me ha llamado la atención la nanotecnología. Admito que muchas veces me he encontrado pensando en mi vida en el exterior, estudiando en alguna famosa universidad en otro país, mi PhD en nanociencia... Hoy, mientras hacía una tarea de la universidad, me puse a investigar, y me volví a encontrar con el tema de la nanotecnología. Y por diversión, me puse a investigar un poco más sobre la nanotecnología. Visité la página de la Universidad de Cambridge, una de las mayores autoridades en el campo, y me puse a revisar por curiosidad cuánto costaría ir a estudiar un doctorado ahí. Entré a la sección de costos, leí como tres líneas, y eso bastó para ponerme a buscar la sección de becas y financiamiento. Y pude ver la nubecita de humo en la que se volvió a convertir la idea... nuevamente.
Ciertas oportunidades se le presentan a ciertas personas por mera suerte. Me gusta pensar (porque en realidad sí me gusta ver que a la gente le vaya bien) que hay gente de mi edad con los recursos necesarios para poder estudiar nanotecnología. Y que felizmente aplican a la carrera, son aceptados, se mudan al campus universitario, estudian, aprenden, se hacen expertos en lo que los fascina, salen al mundo como respetados doctores en nanociencia, y se ponen en la punta de la lanza tecnológica (investiguen sobre el Morph de Nokia...). Incluso, me imagino personas que no tienen los medios económicos para pagarse sus estudios, aplican para una beca total, y sin mucha esperanza, reciben al sorpresa de que ganaron una beca total por 3 años para sacar su maestría, agarran un avión, y son exitosos. Son felices. Tienen una familia, excelentes trabajos, salen en televisión anunciando un nuevo aparato que lo haga sentir a uno como en un sueño increíble...
Ocasionalmente, me pongo a pensar en mi situación. ¿Qué pasaría si yo me ganara la lotería? ¿En qué lo gastaría? Mi primer impulso siempre ha sido comprarme un televisor, un carro, mudarme, etc etc etc... Pero sé que la mejor inversión que uno puede hacer es una que le produzca mayores ingresos. ¿Y qué mejor inversión que la educación? Pft... Con un PhD en nanotecnología, uno le asegura la vida a sus tataranietos... Yo probablemente me iría a sacar ese doctorado y volvería a Costa Rica. Tal vez para ese entonces, Nokia esté en Costa Rica y pueda trabajar con ellos desarrollando el Morph 2.0, o con Intel, desarrollando computadoras del tamaño de una moneda.
También me imagino ganando alguna competencia internacional, y que se me acerque un reclutador de Cambridge ofreciéndome una beca total para ir a estudiar allá en Inglaterra... Será en otra vida, muy probablemente. Bueno, si es que para ese entonces me sigue gustando la informática. La próxima vida seré chef, y después, si es que me animo, regresaré a la informática. Para ese entonces, probablemente el boom será la picotecnología. Algo así como todos los servidores de google juntos almacenados en un dispositivo instalado en el cerebro de una persona, con una conexión al nervio óptico para navegar internet con el pensamiento... En fin, algo inventaré.
Pero como dije, ciertas oportunidades se le presentan a gente con suerte. Por dicha, yo soy una de esas. No me puedo quejar en lo más mínimo de cómo me está yendo. Claro, uno siempre va a tener sueños de cómo puede ser la vida, o cómo quiere que sea... Es algo natural en las personas. Si no fuese así, seguiríamos en la edad de piedra. Pero uno no puede desaprovechar las oportunidades que uno aspiró a tener alguna vez por estar pensando en aquellas oportunidades que no han llegado aún. Así que... ¿quién necesita la lotería? Claro, un televisor no me caería mal, o un carro nuevo, o incluso mudarme... Pero simplemente nada se compara con el sentimiento que me llena cuando pienso que alguna vez deseé la oportunidad de tener todo lo que tengo ahora.

domingo, 27 de junio de 2010

A esas alturas del semestre...

Bueno, digamos que estamos llegando a ese punto en el semestre donde las cosas se complican. Estoy acá programando, me duele la espalda y la cabeza, tengo hambre y sueño, y temo que si como o tomo una siesta, no podré con el sueño y caeré rendido. Y tengo varias cosas que hacer antes de que salga el sol. Pero al menos logré sacar un par de minutos para dejar claro algo: no importa cuán cansado esté, ni qué tanto tenga que hacer, siempre hay tiempo para mi Pata. :3 Y lo único que me mantiene con ganas es pensar que ahorita, en vacaciones, pasaré tanto tiempo como pueda con ella. :D

Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
Miguel de Cervantes Saavedra



jueves, 17 de junio de 2010

El Símbolo...

Parte de las cosas que han sucedido desde el noviembre pasado es el Concurso Símbolo. La primera competencia a nivel nacional de programación, donde casi que cualquiera puede participar.
Cuando me inscribí con mis compañeros de grupo (eran grupos de 3), lo primero que pensé fue: "Argh... Sé que no voy a lograr nada especial. Y si algo me estresa es que la gente me diga '¡Wow, felicidades!' cuando sé que no fue nada especial". Luego, a los segundos, pensé: "Esto sí que va a ser problemático. Tengo que entrenar, tengo que reunirme, tengo que despertarme temprano... ¡Qué pereza!". Y cuando dije que sí quería participar, me entró miedo. "¿Y si más bien termino humillado? ¿Y si más bien termino decepcionando a mi novia, a mi familia, a mis profes, a mis padres, a mi universidad...?". El que nada arriesga, nada gana, pero tampoco pierde. De una forma muy extraña y pesimista, tiene sentido, ¿no? Es decir, ¿quién no ha luchado por algo, falla, y luego se siente como una mosca en una pared blanca, incapaz de pasar totalmente desapercibido y sintiendo que en cualquier momento, alguien dirá "Vos sos el que no lo logró, ¿verdad?". A mí me ha pasado una enorme cantidad de veces. Así que no sé a partir de qué punto dejé de arriesgarme del todo. Dejé de competir en cualquier cosa por miedo a perder y quedar con una especie de estigma que me marcaría toda la vida. Sin embargo, el día en que me metí en el Concurso Símbolo, fue un día de sana locura, y decidí participar. Claro, el miedo no tardó en llegar. Por un momento, pensé "Meh... Tal vez nadie se lo tomará en serio. Al rato ni vamos a participar al final". Eso fue hasta que recibí una llamada. La llamada. Todos los que íbamos a participar en nombre de la escuela de computación nos íbamos a reunir para discutir ciertas cosas. La reunión la estaban organizando varios profesores, y uno de ellos estaba en ese momento en España sacando un doctorado. Eso me metió muchísimo miedo. Alguien estaba tomando esto en serio. Muy en serio. ¿Y si los decepciono?
Llegué a un punto de estrés donde dije "Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? Intentemos disfrutar un poco de esto". Me puse a pensar en la competencia como un juego. Un juego al que me dedicaría cuando llegase el momento. Por mientras, me dediqué a otras cosas.
Nos reunimos una semana antes de la competencia. Hicimos unos ejercicios de prueba, simulando la competencia al 100%. ¿Y qué pasó? Nos fue pésimo. Eran 10 problemas. ¿Cuántos hicimos? A ver... Ninguno. Y el miedo volvió a entrar. "Sí, obviamente nos van a ganar por mucho. ¿Por qué rayos me metí en esta basura?" Y pasé una semana entera arrepintiéndome, con miedo de decepcionar a todo el mundo (mis padres ya estaban emocionados por la competencia y toda mi familia estaba enterada... De eso que hasta las abuelitas se ponen a rezar por uno... Oh, la presión...).
Llegó el primer día de la competencia. Era la eliminatoria. No sé cuántos equipos participaron a nivel nacional, pero sólo pasaban a la siguiente ronda 30 equipos. "Lo mejor que me puede pasar es pasar a la siguiente ronda. Con eso, estoy feliz". ¿Qué pasó? Quedamos de sétimos. ¿Y cuántos problemas resolvimos? A ver... Todos. Todos los resolvimos. Pero no estaban ni cerca en dificultad comparados con los que habíamos hecho una semana antes. Sin embargo... Pasamos a la siguiente ronda. Con eso, yo ya me sentía feliz.
Llegó el segundo día de competencia. Teníamos 3 horas para resolver como 7 u 8 problemas. Y los problemas eran más complicados. Y a pesar de haber logrado mi meta de pasar a la segunda ronda, me sentía peor que al comienzo. ¿Por qué? "Pasamos a la siguiente ronda... La gente ahora está más atenta a los 30 que pasamos...". Y la presión me comía. Pero cuando empezaba la competencia, me olvidaba de todo y comenzaba a programar. Ese día, quedamos de terceros. "Mmm... Bueno, terceros... Es toda una victoria personal... No me puedo quejar".
El siguiente día era más pesado. Los problemas eran más difíciles, y eran 8 horas de programación. La presión ya no era tanta. Digo... Hicimos lo que pudimos, y no quedamos tan mal. "Veamos a ver qué pasa ahora", me dije a mí mismo. Y así comenzó el segundo día. Terminamos de cuartos. ¡Cuartos! ¡En el segundo día! Y eso fue terrible... Eso casi me mata. ¿Por qué? Porque ahora existía la posibilidad de ganar. Habían premios para los primeros tres lugares. Pero el cuarto no recibe nada. "¿Y si no quedamos entre los primeros tres?". Y el último día era el más difícil de todos los días de competencia. Eran problemas del nivel de dificultad de aquel terrible sábado de la semana pasada, donde no hicimos ni medio problema.
Llegamos al último día de competencia. Yo moría del miedo. Me comía por dentro. Lo peor de todo era que ese día, los problemas no eran revisados por una máquina, como se hizo en todos los días anteriores. Ésta vez, iban a ser revisados por seres humanos, que calificarían eficiencia, cantidad de código, elegancia, etc., etc., etc. Y cuando comenzamos a programar, los problemas no eran difíciles. Eran imposibles. Hacían ver a los problemas con los que practicamos como chistes de mal gusto.
Eran 4 problemas para 4 horas. Me puse a hacer el primero. Mis compañeros se entretuvieron con otros dos. El mío consistía en encontrar un cierto número de formas para resolver un problema. Cada solución posible eran 2 puntos más. Encontré 3 soluciones. Y me tomó 1 hora encontrarlas. Uno de mis compañeros terminó su problema. El otro no iba ni por la cuarta parte del suyo. "Oscar, ud que ya terminó su problema, encárguese de este que estoy haciendo. Yo hago el último". Y así, me puse a hacer el último. Tenía como 1 hora y media para hacerlo. Jamás iba a terminarlo. Para peor de males, había que entregar una hoja por aparte con una explicación de cómo se resolvió el problema. No tenía tiempo. Me puse a programar. Empecé a teclear a una velocidad brutal para intentar ganarle al tiempo. Hice hasta donde pude. No pude ni probar el programa. No sabía qué hacía. No sabía qué acababa de programar. Se suponía que era una especie de "Battleship", pero... Simplemente era un montón de código, y no tenía la más mínima idea de qué hacía. Se terminó el tiempo, y entregué lo que tenía. ¿La parte escrita? ¿Qué rayos debía escribir? "Estimados jueces: Perdón." era lo mejor que se me ocurría. Así que no entregué nada. Oscar encontró una cuarta forma de resolver el problema para el que yo solo encontré tres formas de solucionarlo, y Adrián, mi otro compañero, logró terminar el suyo por la mínima.
Yo salí de la competencia totalmente desanimado. Mi problema era el que más valía, y no logré hacer nada. O mejor dicho, no sabía qué acababa de programar. Bien pude haber hecho un virus que le explotaba el monitor al usuario cuando ejecutaba el programa. Me fui del lugar de la competencia, y me quedé en ver con Carla en la universidad. Le comenté que sabía que no había logrado nada. Que jamás lograríamos quedar entre los primeros tres. Jamás. Que yo había arruinado todo y que acababa de decepcionar a todos. Tan mal estaba, que ni planeaba ir a la premiación. ¿Qué me dijo Carla? "Andá... ¿Qué podés perder?". Bien... lo hecho, hecho está. Y fui a la premiación.
Después del discurso usual, empezaron por decir los puntos obtenidos en el último día de competencia. "En el décimo lugar... En el noveno lugar... En el quinto lugar... En el cuarto lugar..." y nada que mencionaban a mi equipo. "Di, si... Fue mi culpa". Siguieron diciendo los lugares del último día. "En el tercer lugar... (Si... Jamás...) En el segundo lugar... (No debí haber venido. ¡Qué pérdida de tiempo...!). Y en el primer lugar del día de hoy, Adrián Campos, Oscar Vindas, José Ignacio Dobles. (¡¿QUÉ?!)". Oscar me agarró del brazo y me dijo algo que no recuerdo qué fue. Creo que fue como "¡¡Mae, Nacho, hoy quedamos de primeros!!". Yo estaba ocupado sacando cuentas. Trataba de recordar quienes habían quedado por encima nuestro en los otros días. Oscar y Adrián se pusieron de pie. En eso, puse atención a lo que acababa de entrar por mis oídos. "En el tercer lugar de la competencia, José Ignacio Dobles, Adrián Campos y Oscar Vindas".
El que no arriesga, no gana, pero tampoco pierde. Así pensaba antes. Ahora, simplemente trato de ser más... arriesgado, por decirlo así. El haber quedado de tercer lugar nacional causó más conmoción de la que esperaba. En la escuela de computación, pusieron posters con los nombres de todos los que participamos en nombre de la escuela, y los primeros tres lugares (todos éramos de la escuela de compu, obviamente... :D). Y entre esos nombres, ahí estaba el mío. Y cada vez que pasaba frente a mi nombre, no podía evitar sonreír. Además, me han llegado un montón de ofertas de trabajo. Claro, no aceptaré ninguna. Primero debo terminar de estudiar. Sin embargo, la universidad ahora quiere enviarnos a los primeros tres lugares de la competencia a la eliminatoria regional de programación en México, en noviembre de este año. ¿Qué dije cuando me preguntaron si quería ir? "¡Obviamente!" Ni lo dudé por un segundo. Digo... Claro, es a nivel mundial, y quién sabe qué clase de monstruos programadores participarán. Esta vez, tengo menos esperanzas que con el Concurso Símbolo, eso sí. Pero para empezar, no tenía esperanzas cuando comencé el Concurso Símbolo. Así que... Ya veremos qué pasa.
Ah, ¿y el programa de "Battleship"? Acá lo tengo tal y como lo programé el último día. De vez en cuando lo juego cuando estoy aburrido.

¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?
Vincent Van Gogh

lunes, 14 de junio de 2010

Starry, starry night...

Bueno, han pasado demasiados meses desde la última vez que escribí algo. Y como es de esperar, han pasado demasiadas cosas desde esa última vez. Tantas que prefiero no entrar en detalles para evitar tener que escribir de aquí a pasado mañana.
Por cierto, hay que agradecer a Carla por el nuevo y mejorado blog que ven aquí. Quedó tan bonito, que era imposible no regresar a postear. Especialmente me gustan las estrellas del fondo. A decir verdad, siempre me han gustado las estrellas.
Recuerdo que cuando era más pequeño, en vacaciones iba con mi familia a la playa. Y ocasionalmente, para mi suerte, teníamos que viajar de noche en carro. Digo que era para mi suerte, porque adoraba viajar de noche (eso fue hasta que conseguí licencia de carro y me di cuenta de lo que sufría mi papá manejando de noche...). Usualmente el cielo estaba totalmente despejado y se veían tantas estrellas que era imposible no sonreír. En realidad, nunca me ha gustado ir a la playa. Le tengo un extraño odio a la arena. Sin embargo, cada vez que voy, aprovecho cada oportunidad que tengo para salir una noche y ver las estrellas.
Recuerdo especialmente una vez, no hace mucho, que fui a la playa con unos tíos y unos primos. Fuimos a la casa de uno de mis tíos, pero éramos tantos, que no cabíamos en la casa. Sin embargo, en la misma propiedad, pero subiendo una pequeña colina, había otra casa con camas y hamacas para dormir. Era una casita sencilla, pero tenía un segundo piso, y ese segundo piso era mi favorito. Aparte de que tenía una mini refrigeradora para meter comida y bebidas como para una semana, era más un ático con dos paredes, dejando una clara e impecable vista hacia el mar (el mar estaba a menos de 100 metros de la casa). En ese piso, había una hamaca puesta ligeramente inclinada para que no quedase incómodo el ver el océano. Claro, era una oscuridad absoluta, ya que el desarrollo en esa zona es, por dicha, muy tranquilo. Con esa oscuridad, era imposible ver el mar con claridad. Lo único que me aseguraba que la gran masa de agua seguía ahí era el reflejo de las estrellas en su superficie. Pocas veces he visto algo tan hermoso en mi vida. No se podía distinguir dónde terminaba el cielo y dónde comenzaba el mar y, con imaginación, se podía creer que el cielo se estaba extendiendo por debajo del horizonte. Y las estrellas... Las estrellas competían con la luna para ver quién brillaba más. Y creo que en ese momento habría dado lo que fuese por una fotografía. Un cielo que se expandía, un mar de estrellas, y dos lunas reflejándose una a la otra.
Esta entrada me acaba de recordar por qué me gustaba tanto escribir. Claro, cuando la vida se complica, es bueno poner lo que uno piensa en papel (o en html, en este caso...) para obtener una mejor perspectiva de las cosas. Pero para mí, no es tanto por los problemas. Es porque ocasionalmente, aún con problemas, se le puede contar a otras personas de momentos que para uno valen oro. Y al recordar esos momentos, uno revive las imágenes, los pensamientos y la calma que se sintió. Y a pesar de ser recuerdos, uno queda impregnado de esos sentimientos y puede seguir adelante con una sonrisa. Yo, por mi parte, me llevo conmigo mi mar de estrellas con sus dos lunas a dormir.
..It's good to be back...


No existe mejor viaje que el de regreso a casa.
R. Suárez