Parte de las cosas que han sucedido desde el noviembre pasado es el Concurso Símbolo. La primera competencia a nivel nacional de programación, donde casi que cualquiera puede participar.
Cuando me inscribí con mis compañeros de grupo (eran grupos de 3), lo primero que pensé fue: "Argh... Sé que no voy a lograr nada especial. Y si algo me estresa es que la gente me diga '¡Wow, felicidades!' cuando sé que no fue nada especial". Luego, a los segundos, pensé: "Esto sí que va a ser problemático. Tengo que entrenar, tengo que reunirme, tengo que despertarme temprano... ¡Qué pereza!". Y cuando dije que sí quería participar, me entró miedo. "¿Y si más bien termino humillado? ¿Y si más bien termino decepcionando a mi novia, a mi familia, a mis profes, a mis padres, a mi universidad...?". El que nada arriesga, nada gana, pero tampoco pierde. De una forma muy extraña y pesimista, tiene sentido, ¿no? Es decir, ¿quién no ha luchado por algo, falla, y luego se siente como una mosca en una pared blanca, incapaz de pasar totalmente desapercibido y sintiendo que en cualquier momento, alguien dirá "Vos sos el que no lo logró, ¿verdad?". A mí me ha pasado una enorme cantidad de veces. Así que no sé a partir de qué punto dejé de arriesgarme del todo. Dejé de competir en cualquier cosa por miedo a perder y quedar con una especie de estigma que me marcaría toda la vida. Sin embargo, el día en que me metí en el Concurso Símbolo, fue un día de sana locura, y decidí participar. Claro, el miedo no tardó en llegar. Por un momento, pensé "Meh... Tal vez nadie se lo tomará en serio. Al rato ni vamos a participar al final". Eso fue hasta que recibí una llamada. La llamada. Todos los que íbamos a participar en nombre de la escuela de computación nos íbamos a reunir para discutir ciertas cosas. La reunión la estaban organizando varios profesores, y uno de ellos estaba en ese momento en España sacando un doctorado. Eso me metió muchísimo miedo. Alguien estaba tomando esto en serio. Muy en serio. ¿Y si los decepciono?
Llegué a un punto de estrés donde dije "Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? Intentemos disfrutar un poco de esto". Me puse a pensar en la competencia como un juego. Un juego al que me dedicaría cuando llegase el momento. Por mientras, me dediqué a otras cosas.
Nos reunimos una semana antes de la competencia. Hicimos unos ejercicios de prueba, simulando la competencia al 100%. ¿Y qué pasó? Nos fue pésimo. Eran 10 problemas. ¿Cuántos hicimos? A ver... Ninguno. Y el miedo volvió a entrar. "Sí, obviamente nos van a ganar por mucho. ¿Por qué rayos me metí en esta basura?" Y pasé una semana entera arrepintiéndome, con miedo de decepcionar a todo el mundo (mis padres ya estaban emocionados por la competencia y toda mi familia estaba enterada... De eso que hasta las abuelitas se ponen a rezar por uno... Oh, la presión...).
Llegó el primer día de la competencia. Era la eliminatoria. No sé cuántos equipos participaron a nivel nacional, pero sólo pasaban a la siguiente ronda 30 equipos. "Lo mejor que me puede pasar es pasar a la siguiente ronda. Con eso, estoy feliz". ¿Qué pasó? Quedamos de sétimos. ¿Y cuántos problemas resolvimos? A ver... Todos. Todos los resolvimos. Pero no estaban ni cerca en dificultad comparados con los que habíamos hecho una semana antes. Sin embargo... Pasamos a la siguiente ronda. Con eso, yo ya me sentía feliz.
Llegó el segundo día de competencia. Teníamos 3 horas para resolver como 7 u 8 problemas. Y los problemas eran más complicados. Y a pesar de haber logrado mi meta de pasar a la segunda ronda, me sentía peor que al comienzo. ¿Por qué? "Pasamos a la siguiente ronda... La gente ahora está más atenta a los 30 que pasamos...". Y la presión me comía. Pero cuando empezaba la competencia, me olvidaba de todo y comenzaba a programar. Ese día, quedamos de terceros. "Mmm... Bueno, terceros... Es toda una victoria personal... No me puedo quejar".
El siguiente día era más pesado. Los problemas eran más difíciles, y eran 8 horas de programación. La presión ya no era tanta. Digo... Hicimos lo que pudimos, y no quedamos tan mal. "Veamos a ver qué pasa ahora", me dije a mí mismo. Y así comenzó el segundo día. Terminamos de cuartos. ¡Cuartos! ¡En el segundo día! Y eso fue terrible... Eso casi me mata. ¿Por qué? Porque ahora existía la posibilidad de ganar. Habían premios para los primeros tres lugares. Pero el cuarto no recibe nada. "¿Y si no quedamos entre los primeros tres?". Y el último día era el más difícil de todos los días de competencia. Eran problemas del nivel de dificultad de aquel terrible sábado de la semana pasada, donde no hicimos ni medio problema.
Llegamos al último día de competencia. Yo moría del miedo. Me comía por dentro. Lo peor de todo era que ese día, los problemas no eran revisados por una máquina, como se hizo en todos los días anteriores. Ésta vez, iban a ser revisados por seres humanos, que calificarían eficiencia, cantidad de código, elegancia, etc., etc., etc. Y cuando comenzamos a programar, los problemas no eran difíciles. Eran imposibles. Hacían ver a los problemas con los que practicamos como chistes de mal gusto.
Eran 4 problemas para 4 horas. Me puse a hacer el primero. Mis compañeros se entretuvieron con otros dos. El mío consistía en encontrar un cierto número de formas para resolver un problema. Cada solución posible eran 2 puntos más. Encontré 3 soluciones. Y me tomó 1 hora encontrarlas. Uno de mis compañeros terminó su problema. El otro no iba ni por la cuarta parte del suyo. "Oscar, ud que ya terminó su problema, encárguese de este que estoy haciendo. Yo hago el último". Y así, me puse a hacer el último. Tenía como 1 hora y media para hacerlo. Jamás iba a terminarlo. Para peor de males, había que entregar una hoja por aparte con una explicación de cómo se resolvió el problema. No tenía tiempo. Me puse a programar. Empecé a teclear a una velocidad brutal para intentar ganarle al tiempo. Hice hasta donde pude. No pude ni probar el programa. No sabía qué hacía. No sabía qué acababa de programar. Se suponía que era una especie de "Battleship", pero... Simplemente era un montón de código, y no tenía la más mínima idea de qué hacía. Se terminó el tiempo, y entregué lo que tenía. ¿La parte escrita? ¿Qué rayos debía escribir? "Estimados jueces: Perdón." era lo mejor que se me ocurría. Así que no entregué nada. Oscar encontró una cuarta forma de resolver el problema para el que yo solo encontré tres formas de solucionarlo, y Adrián, mi otro compañero, logró terminar el suyo por la mínima.
Yo salí de la competencia totalmente desanimado. Mi problema era el que más valía, y no logré hacer nada. O mejor dicho, no sabía qué acababa de programar. Bien pude haber hecho un virus que le explotaba el monitor al usuario cuando ejecutaba el programa. Me fui del lugar de la competencia, y me quedé en ver con Carla en la universidad. Le comenté que sabía que no había logrado nada. Que jamás lograríamos quedar entre los primeros tres. Jamás. Que yo había arruinado todo y que acababa de decepcionar a todos. Tan mal estaba, que ni planeaba ir a la premiación. ¿Qué me dijo Carla? "Andá... ¿Qué podés perder?". Bien... lo hecho, hecho está. Y fui a la premiación.
Después del discurso usual, empezaron por decir los puntos obtenidos en el último día de competencia. "En el décimo lugar... En el noveno lugar... En el quinto lugar... En el cuarto lugar..." y nada que mencionaban a mi equipo. "Di, si... Fue mi culpa". Siguieron diciendo los lugares del último día. "En el tercer lugar... (Si... Jamás...) En el segundo lugar... (No debí haber venido. ¡Qué pérdida de tiempo...!). Y en el primer lugar del día de hoy, Adrián Campos, Oscar Vindas, José Ignacio Dobles. (¡¿QUÉ?!)". Oscar me agarró del brazo y me dijo algo que no recuerdo qué fue. Creo que fue como "¡¡Mae, Nacho, hoy quedamos de primeros!!". Yo estaba ocupado sacando cuentas. Trataba de recordar quienes habían quedado por encima nuestro en los otros días. Oscar y Adrián se pusieron de pie. En eso, puse atención a lo que acababa de entrar por mis oídos. "En el tercer lugar de la competencia, José Ignacio Dobles, Adrián Campos y Oscar Vindas".
El que no arriesga, no gana, pero tampoco pierde. Así pensaba antes. Ahora, simplemente trato de ser más... arriesgado, por decirlo así. El haber quedado de tercer lugar nacional causó más conmoción de la que esperaba. En la escuela de computación, pusieron posters con los nombres de todos los que participamos en nombre de la escuela, y los primeros tres lugares (todos éramos de la escuela de compu, obviamente... :D). Y entre esos nombres, ahí estaba el mío. Y cada vez que pasaba frente a mi nombre, no podía evitar sonreír. Además, me han llegado un montón de ofertas de trabajo. Claro, no aceptaré ninguna. Primero debo terminar de estudiar. Sin embargo, la universidad ahora quiere enviarnos a los primeros tres lugares de la competencia a la eliminatoria regional de programación en México, en noviembre de este año. ¿Qué dije cuando me preguntaron si quería ir? "¡Obviamente!" Ni lo dudé por un segundo. Digo... Claro, es a nivel mundial, y quién sabe qué clase de monstruos programadores participarán. Esta vez, tengo menos esperanzas que con el Concurso Símbolo, eso sí. Pero para empezar, no tenía esperanzas cuando comencé el Concurso Símbolo. Así que... Ya veremos qué pasa.
Ah, ¿y el programa de "Battleship"? Acá lo tengo tal y como lo programé el último día. De vez en cuando lo juego cuando estoy aburrido.
¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?
Vincent Van Gogh