miércoles, 6 de mayo de 2009

For whom the bell tolls...

Recuerdo que cuando estaba muy pequeño, recién llegado de República Dominicana, no me dejaron entrar inmediatamente a la escuela, ya que por mi "poca madurez", no era recomendable entrar a escuela con 5 años (creo que eran 5... ando muy dormido para sacar cuentas de mi edad...). Así que pasaba casi que todos los días en la Escuela de Educación Especial Fernando Centeno Güell, donde trabajaba mi mamá. Ahí aprendí muchas cosas, e hice muchos amigos (y uno que otro enemigo...). Ayudaba a los demás niños a hacer los trabajos y las tareas, y jugaba con ellos en el recreo. Y en los recreos, iba con mi mamá a la pulpería al otro lado de la calle, a comprarme una fruta y algo de comida chatarra para almorzar (en la casa almorzaba formalmente, eso era para matar el hambre). Sin embargo, muchas veces mi mamá tenía alguna reunión, o estaba muy ocupada revisando exámenes o tareas o algo así, por lo que le pedía a una señora que trabajaba ahí también que me acompañara para comprarme algo de comer. Y la señora también tenía problemas auditivos, pero eso no era problema para la comunicación. Ella me llevaba de la mano, y disfrutaba mucho conmigo, ya que yo siempre hacía bromas o pasaba contando chistes para hacer reír a la gente (si, desde que tengo memoria me encanta hacer reír a la gente). Y ella, a escondidas, me compraba un helado, porque mi mamá no me dejaba comer dulces antes de almorzar. Era nuestro secreto.
Ella, Patricia, siempre me chineaba montones. Cuando estaba aburrido porque los alumnos estaban en exámenes, o cuando mi mamá se quedaba después de clases en reuniones y yo me quedaba solo, ella siempre me acompañaba un rato y se aseguraba de que no me aburriera mucho. Incluso, una de las historias que siempre recuerdan las amigas de mi mamá fue que en una de ésas tardes, mientras esperaba a mi mamá, llegó Patricia y me preguntó que por qué la cara larga. Le respondí "Di, aquí... Voy a tener que quebrarme un brazo para ver si mi mamá me pone atención". Ella llegó atacada de la risa a contarle a mi mamá. Y así hay historias de mi infancia en la Centeno Güell, donde en casi todas, participaba Patricia.
Hoy me enteré de que murió de un ataque cardíaco. Había tenido un accidente y la dejó débil, y un paro cardiorespiratorio fue demasiado para ella. Yo no me había enterado de nada. El accidente había sido ayer, y hoy fue que falleció. Y lo que más me duele es que llevaba años de no verla. Y siempre me mandaba saludos, y yo también le mandaba saludos. La última vez, mi mamá le contó que yo estaba haciendo ejercicios, y ella le dijo que me dijera que fuera a visitarla un día, porque quería ver cómo había cambiado yo. Y me duele realmente, porque ella era una gran persona. Y aunque no parece, ella influyó mucho en mi infancia. Era una persona muy amable, cariñosa, que siempre tenía un minuto para hacerme una broma o algo, con tal de que yo no me aburriera demasiado. Y a pesar de que llevaba mucho tiempo de no visitarla, realmente la voy a extrañar. Ella siempre fue un ejemplo para mí, y puedo asegurar que soy así en parte por cómo ella fue conmigo. Al menos puedo sentirme bien porque ella pudo pasarme algunas de sus virtudes a mí, y así tendré algo de ella para recordar siempre.

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
John Donne

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